Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —SÃ, lo entiendo —dijo en susurro apenas audible.
—Ahora mismo Natasha está sola y enferma; la he dejado en manos de nuestro doctor, mientras yo venÃa aquà a verte. Escucha, Nellie: vamos a ir a casa del padre de Natasha; a ti no te gusta ese hombre, tú no querÃas marcharte con él, pero ahora vamos a ir los dos juntos a su casa. Cuando lleguemos, le voy a decir que tú ahora sà quieres vivir con ellos, ocupando el lugar de su hija, de su Natasha. El viejo está enfermo, porque ha renegado de Natasha y porque el padre de Aliosha le ofendió de un modo horrible hace unos dÃas. Ahora mismo no quiere ni oÃr hablar de su hija, pero la quiere, Nellie, la quiere y desea reconciliarse con ella; ¡lo sé, lo sé de sobra! ¡Es asÃ! ¿Oyes, Nelllie?
—Sà —dijo en un susurro, igual que antes.
Yo le hablaba entre lágrimas. Nellie me miraba apocada.
—¿Te fÃas de mÃ?
—SÃ.