Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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VII

El camino se me hizo interminable. Al fin llegamos, y entré en casa de mis amigos con el corazón en un puño. No sabía cuándo iba a salir de allí, pero sí sabía que, costara lo que costase, tenía que salir de allí habiendo conseguido el perdón y la reconciliación.

Eran más de las tres. Los viejos estaban solos, como de costumbre. Nikolái Sergueich se encontraba muy abatido y enfermo, y estaba medio echado en un confortable sillón, pálido y exhausto, con la cabeza envuelta en un pañuelo. Anna Andréievna, sentada a su lado, le humedecía de vez en cuando las sienes con vinagre. Cada dos por tres, con aire inquieto y compungido, le miraba a la cara, algo que parecía preocupar a su marido, e incluso llegaba a molestarle. Él guardaba un silencio obstinado, y ella no se atrevía a abrir la boca. Nuestra llegada repentina los sorprendió mucho a los dos. Anna Andréievna, por alguna razón, se asustó al verme con Nellie, y al principio nos estuvo mirando como si, de buenas a primeras, se hubiera sentido en falta.

—Vengo a traerles a mi Nellie —dije, nada más entrar—. Se lo ha pensado mejor y ahora desea vivir aquí. Acójanla con todo su cariño…


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