Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos El viejo me miró receloso, y sólo por aquella mirada se podía adivinar que ya estaba al corriente de todo, es decir, que sabía que Natasha se había quedado sola, abandonada, olvidada y acaso ultrajada. Estaba deseoso de penetrar en el secreto de nuestra aparición, y nos miraba con aire inquisitivo tanto a Nellie como a mí. Nellie temblaba y me agarraba con fuerza la mano; miraba al suelo y sólo de vez en cuando echaba un vistazo acobardado a su alrededor, como un animalillo atrapado. Pero Anna Andréievna no tardó en reaccionar y comprendió lo que ocurría: se acercó a Nellie, la besó, la acarició, le dio incluso por llorar y la sentó a su lado, con mucho cariño, sin soltarle la mano en ningún momento. Nellie la miraba de reojo, con curiosidad y con cierto asombro.
Pero, después de mimar a Nellie y sentarla a su lado, la vieja ya no sabía qué más podía hacer, y empezó a mirarme con unas expectativas ingenuas. El viejo torció el gesto, como si estuviera cerca de adivinar con qué fin les había llevado a Nellie. Al darse cuenta de que yo me había fijado en su expresión insatisfecha y en su ceño fruncido, se llevó una mano a la cabeza y me dijo con voz entrecortada:
—Me duele la cabeza, Vania.