Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Todos seguíamos callados; yo no sabía cómo empezar. La habitación estaba a oscuras; un negro nubarrón iba cubriendo el cielo, y volvió a oírse el lejano retumbar de un trueno.
—Pronto empezamos con las tormentas esta primavera —dijo el viejo—. Aunque recuerdo que el año 37 en nuestra tierra empezaron antes aún.
Anna Andréievna suspiró.
—¿Saco el samovar? —preguntó tímidamente; pero nadie le respondió, y volvió a dirigirse a Nellie—. ¿Cómo quieres que te llamemos, tesoro?
Nellie, con voz muy débil, pronunció su nombre y bajó aún más la vista. El viejo la miraba fijamente.
—Eso es lo mismo que Yelena, ¿no? —prosiguió la anciana, más animada.
—Sí —contestó Nellie, y siguió otro breve silencio.
—La hermana pequeña de Praskovia Andréievna tenía una sobrina que se llamaba Yelena —terció Nikolái Sergueich—; también la llamaban Nellie. Me acuerdo.
—¿Y no tienes familia, tesoro? ¿No tienes padre ni madre? —preguntó de nuevo Anna Andréievna.
—No —respondió Nellie, con un tímido susurro.
—Sí, sí, es lo que había oído. Y tu madre ¿hace mucho que murió?