Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Yo sé, Nellie, que un hombre malvado, sin principios, le trajo la desgracia a tu madre, pero también sé que ella amaba y respetaba a su padre —declaró con emoción el viejo, mientras seguÃa acariciándole la cabeza a Nellie. HabÃa sido incapaz, en un momento como ése, de resistirse a lanzarnos ese reto. Un ligero rubor tiñó sus pálidas mejillas; procuraba no mirarnos.
—QuerÃa más mamá al abuelo que el abuelo a mamá —afirmó Nellie tÃmidamente, pero con rotundidad; también ella se esforzaba por no mirar a nadie.
—¿Y cómo sabes tú eso? —saltó el viejo, sin poder aguantarse, como un niño pequeño; pareció avergonzarse de su propia impaciencia.
—Lo sé —contestó Nellie bruscamente—. Se negaba a ver a mamá y… siempre la echaba de su lado…
Me di cuenta de que Nikolái Sergueich tenÃa ganas de decir algo, de replicar. HabrÃa afirmado, por ejemplo, que al padre no le faltarÃan motivos para negarse a ver a su hija, pero nos miró y se quedó callado.
—Y ¿qué hicisteis entonces, adónde os fuisteis a vivir, en vista de que tu abuelo no querÃa saber nada de vosotras? —preguntó Anna Andréievna, que de pronto estaba empeñada en seguir con el tema.