Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Mamá nunca dejaba de hablarme del abuelo —contestó Nellie—, incluso estando mala, y también hablaba de él cuando deliraba. Cuando empezó a recuperarse, volvió a contarme cosas de su vida pasada… En una de ésas, me habló de Azorka, y me dijo que, en cierta ocasión, estando ella a la orilla del río, en las afueras, vio a unos chiquillos tirando de un perro que llevaban atado a una cuerda; querían ahogarlo en el río, pero mamá les dio dinero y les compró a Azorka. Cuando vio a Azorka, el abuelo empezó a reírse de él. Entonces, Azorka se escapó. Mamá se echó a llorar; el abuelo se asustó y prometió dar cien rublos a quien lo encontrara. Al cabo de dos días se lo llevaron; el abuelo dio los cien rublos y a partir de entonces le cogió mucho cariño al perro. Pero mamá quería tanto a Azorka que incluso se lo metía en la cama. Me contó que antes Azorka había andado por las calles con unos comediantes, actuando con ellos: paseaba un mono a cuestas, sabía usar un fusil, y hacía muchas más cosas… Y, cuando mamá se fue de casa del abuelo, Azorka se quedó con él, y el abuelo iba con el perro a todas partes; por eso, en cuanto vio a Azorka aquella vez, mamá adivinó en seguida que el abuelo tenía que estar muy cerca…

Evidentemente, el anciano no se esperaba que la historia de Azorka tomase esos derroteros, y cada vez estaba más enfurruñado. Ya no volvió a hacer más preguntas.


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