Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Basta, Vania, déjalo! —me interrumpió, apretando con fuerza mi mano y sonriendo entre lágrimas—. ¡Mi buen Vania! ¡Eres un hombre bueno y honrado! ¡No dices ni una palabra de ti mismo! He sido yo quien te ha dejado y, sin embargo, me perdonas, y sólo piensas en mi felicidad. Quieres llevarnos nuestras cartas… —La muchacha rompió a llorar—. Yo sé, Vania, cómo me has amado, cómo has seguido amándome hasta el dÃa de hoy, y ¡no me has dirigido un solo reproche, una sola palabra amarga en todo este tiempo! Y yo, yo… ¡Dios mÃo, qué mal me he portado contigo! ¿Recuerdas, Vania, recuerdas el tiempo que pasamos juntos? ¡Ah, ojalá nunca le hubiera conocido a él, ojalá no me hubiera topado jamás con él! VivirÃa contigo, ¡contigo, mi buen Vania, mi querido Vania…! ¡No, no te merezco! Ya ves cómo soy: en un momento como éste te recuerdo nuestra dicha pasada, ¡cuando tú ya sufres bastante sin eso! Has estado tres semanas sin venir: pero te juro, Vania, que ni una sola vez se me ha pasado por la cabeza la idea de que pudieras maldecirme y odiarme. ConocÃa el motivo de tu ausencia: no querÃas incomodarnos ni ser para nosotros un vivo reproche. ¿Acaso a ti no te daba pena vernos? ¡Y cómo te esperaba, Vania, cómo te esperaba! Escucha, Vania, si amo a Aliosha como una loca, como una insensata, a ti como amigo te quiero posiblemente más aún. Siento, sé, que no podré vivir sin ti; te necesito, necesito tu corazón, tu alma maravillosa… ¡Ay, Vania! ¡Qué tiempo tan amargo y duro se nos avecina! —Se deshizo en lágrimas; sÃ, lo estaba pasando muy mal—. ¡Ah, qué ganas tenÃa de verte! —continuó, ahogando sus lágrimas—. ¡Cómo has adelgazado, qué enfermo pareces, qué pálido estás! ¿Es que has estado enfermo, Vania? ¡Vaya, y yo sin preguntarte! No hago más que hablar de mÃ; pero ¿cómo te va ahora con los crÃticos? Y tu nueva novela, ¿avanza?