Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡No es momento para hablar de novelas ni de mÃ, Natasha! ¡Mis asuntos dan igual! No tienen importancia; van tirando; ¡pueden irse al cuerno! Pero dime, Natasha: ¿ha sido él quien te ha exigido que vayas a su casa?
—No, no ha sido sólo cosa suya, más bien ha sido mÃa. Cierto que él lo decÃa, pero yo también… Vania, querido, voy a contártelo todo: pretenden casarle con una novia rica y muy notable, de una familia muy ilustre. Su padre quiere a toda costa que se case con ella, y ese hombre, como bien sabes, es un tremendo intrigante; ha tocado todos los resortes, pues ni en una década se le iba a presentar otra ocasión semejante. Contactos, dinero… Dicen además que ella es muy bonita, instruida y de buen corazón… ¡vamos, que lo tiene todo! Aliosha ya se ha prendado de ella. Además, su padre quiere quitárselo de encima cuanto antes para casarse él mismo, y por esa razón se ha propuesto, cueste lo que cueste, romper nuestra relación. Tiene miedo de mà y de la influencia que pueda ejercer sobre Aliosha…
—¿Acaso el prÃncipe —la interrumpÃ, lleno de asombro— sabe de vuestro amor? Sólo tenÃa sospechas, y tampoco eran fundadas.
—Lo sabe, lo sabe todo.
—Pero ¿quién se lo ha dicho?
—Aliosha se lo ha contado todo hace poco. Él mismo me dijo que le habÃa contado todo.