Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Cielo santo! Pero ¿qué es lo que os pasa a vosotros? ¿Se lo ha contado él mismo? Y ¿en un momento así?

—No le culpes, Vania —me interrumpió Natasha—. ¡No te burles de él! No se le puede juzgar como a los demás. Sé justo. No es como tú y como yo. Es un niño; no le han educado como es debido. ¿Acaso comprende lo que hace? La primera impresión, la influencia del primero que pasa es capaz de distraerle de aquello que había jurado un minuto antes. No tiene carácter. Te hace una promesa y ese mismo día, con la misma sinceridad y franqueza, se entrega a otro; y encima viene él mismo a contártelo. Quizá cometa alguna mala acción, pero no se le puede culpar, sino que más bien habría que apiadarse de él. También es capaz de mostrar abnegación, ¡y de qué manera! Sin embargo, en cuanto recibe una nueva impresión, vuelve a olvidarse de todo. Por eso, también se olvidará de mí, si no estoy continuamente a su lado. ¡Él es así!

—Ah, Natasha, puede que no sea cierto, tal vez sólo sean rumores. ¿Cómo va a casarse si no es más que un chiquillo?

—Su padre tiene sus razones particulares, ya te lo he dicho.

—¿Y por qué sabes que su novia es tan bonita y que está prendado de ella?

—Pues porque él mismo me lo ha dicho…


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