Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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»El caso es que el abuelo se presentó al cabo de una semana, y otra vez me compró un priánik con forma de pez y una manzana, pero tampoco esta vez me dijo nada. Cuando se marchó, yo le seguí sin que se diera cuenta; se me había ocurrido hacer eso para averiguar dónde vivía y decírselo después a mamá. Le seguí de lejos, yendo por la otra acera para que no me viera. Vivía muy lejos, no en esa casa donde después murió, sino en Gorójovaia, también en una casa grande, en un cuarto piso. Descubrí todo eso y volví a casa ya tarde. Mamá estaba muy asustada, porque no sabía dónde me había metido. Pero, cuando se lo conté, se alegró mucho y dijo que quería ir a ver al abuelo lo antes posible, al día siguiente; pero después se lo pensó mejor y se asustó; y así se pasó tres días, y al final no fue a verlo. Después me llamó y me dijo: “Mira, Nellie, yo ahora estoy mala y no puedo ir, pero le he escrito una carta a tu abuelo; ve tú a verle y llévasela. Y, cuando la lea, fíjate bien en lo que dice y en lo que hace después; tú ponte de rodillas, Nellie, bésale y pídele que perdone a tu madre”… Y mamá lloró mucho, no hacía más que cubrirme de besos, y me persignó para el camino, y estuvo rezándole a Dios, y me hizo arrodillarme a su lado, delante del icono. Aunque estaba enferma, salió a despedirme al portal y, cuando volví la vista, ahí estaba ella, mirando cómo me alejaba…


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