Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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»Llegué a casa del abuelo y abrí la puerta, que no tenía pestillo. El abuelo estaba sentado a la mesa, comiendo pan y patatas, y Azorka estaba delante de él, mirándole comer y meneando el rabo. También las ventanas de aquella casa eran bajas y oscuras, y no había más que una mesa y una silla. Al entrar, el abuelo se asustó tanto que se quedó todo pálido y se puso a temblar. Yo también me asusté y no dije nada; únicamente me aproximé a la mesa y dejé encima la carta. El abuelo, en cuanto vio la carta, se enfadó tanto que se puso en pie de un brinco, cogió su bastón y me amenazó con él, pero no me pegó: lo único que hizo fue sacarme al zaguán y darme un empujón. No había tenido tiempo de bajar el primer tramo de escaleras cuando el abuelo volvió a abrir la puerta y me tiró la carta de mamá, sin abrir. Yo me fui a casa y se lo conté todo a mi madre. Y otra vez tuvo que guardar cama…








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