Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Estuve tres semanas sin verle —dijo Nellie—; hasta el invierno. Ya era pleno invierno, había nevado. Cuando volví a encontrar al abuelo, en el mismo sitio de antes, me puse muy contenta… porque mamá estaba muy triste al ver que no venía. En cuanto lo vi, crucé corriendo a la otra acera; lo hice aposta para que se diera cuenta de que estaba huyendo de él. En cierto momento me di la vuelta y vi cómo el abuelo, que venía andando a buen paso detrás de mí, echaba a correr tratando de darme alcance y me gritaba: «¡Nellie, Nellie!». Y Azorka corría a su lado. Me dio pena de ellos y me detuve. El abuelo se acercó, me cogió de la mano y me llevó consigo, pero, cuando se dio cuenta de que estaba llorando, se paró, me miró, se inclinó y me dio un beso. En ese momento se fijó en que llevaba unos zapatitos muy viejos y me preguntó si no tenía otros. Entonces le dije sin dudar que mamá no tenía dinero y que nuestros caseros nos daban de comer por pura caridad. El abuelo no dijo nada, pero me condujo al mercado y me compró unos zapatos, y me mandó que me los pusiera en seguida, y después me llevó a su casa, en Gorójovaia. Antes entró en una tienda y me compró un pirog[59] y dos caramelos y, cuando llegamos a su casa, me dijo que me comiera el pirog, y me estuvo mirando mientras me lo comía, y luego me dio los caramelos. Azorka puso las patas encima de la mesa, pidiendo también su parte de pirog, y yo le di un poco, y el abuelo se echó a reír. Después me cogió, me colocó a su lado y empezó a acariciarme la cabeza y a preguntarme si había estudiado y qué cosas sabía. Le respondí, y él me mandó que, siempre que pudiera, daba igual el día que fuese, fuera a su casa a las tres, que él me daría clases. Después me pidió que me diera la vuelta y me pusiera de cara a la ventana, y que me quedara así hasta que él me mandara que me diera la vuelta otra vez. Así lo hice, pero me volví sin que se diera cuenta y le vi descoser la esquina de abajo de su almohada y sacar cuatro rublos. Cuando ya los había sacado, me los ofreció diciendo: «Son para ti sola». Yo ya iba a cogerlos, pero me lo pensé mejor y dije: «Si son para mí sola, no los quiero». El abuelo se enfadó de repente y me dijo: «Muy bien, tú verás; ahora vete». Me marché, y el abuelo ni siquiera me dio un beso.


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