Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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»Yo iba a menudo a casa del abuelo; era mamá la que me lo ordenaba. El abuelo había comprado un Nuevo Testamento y un libro de geografía y había empezado a darme clases; a veces me explicaba qué tierras hay en el mundo y qué pueblos viven en ellas, y cuáles son los mares, y qué pasó en otros tiempos, y me decía que Cristo nos había perdonado a todos. Cuando yo le preguntaba algo, se ponía muy contento; por eso cada vez le hacía más preguntas, y él me contestaba a todo y me hablaba mucho de Dios. A veces, en vez de dar clase, jugábamos con Azorka; el perro me había cogido mucho cariño, y yo le enseñaba a saltar por encima de un palo, y el abuelo se reía y no paraba de acariciarme la cabeza. Pero el abuelo casi nunca se reía. A veces estaba muy hablador, y de pronto se callaba y se quedaba quieto, como si estuviera dormido, aunque con los ojos abiertos. Podía estarse así hasta que anochecía, y cuando llegaba la noche tenía un aspecto terrible, parecía tan viejo… A veces, cuando yo llegaba a su casa, me lo encontraba sentado en su silla, pensativo, sin enterarse de nada, con Azorka tumbado a su lado. Yo esperaba y esperaba, y se me escapaba una tos, pero el abuelo seguía sin mirar. Hasta que me marchaba. En casa, acostada, siempre me esperaba mamá. Yo se lo contaba todo, todo, y entre tanto se hacía de noche, y ella no se cansaba de oírme hablar del abuelo: qué había hecho ese día y qué me había contado, qué clase de historias, y qué lección me había enseñado. Y, cuando empezaba a contarle cosas de Azorka, cómo le había mandado saltar por encima de un palo, y cómo se había reído el abuelo, ella también se echaba a reír y a veces estaba mucho rato riéndose y se ponía muy contenta y me hacía repetírselo otra vez, y luego empezaba a rezar. Yo me preguntaba por qué quería tanto mamá al abuelo, pero el abuelo, en cambio, no la quería a ella, y, cuando iba a verle, le hablaba aposta de mamá, y le decía que mamá le quería mucho. El abuelo me escuchaba muy enfadado, sólo escuchaba y no decía palabra; entonces le preguntaba por qué le quería tanto mamá, por qué siempre estaba preguntando por él, y él nunca preguntaba por mamá. El abuelo se enfadaba y me hacía salir; yo me quedaba un rato detrás de la puerta, hasta que de pronto él volvía a abrir y me decía que entrara otra vez, pero seguía enfadado y no decía nada. Y más tarde, cuando empezamos a leer el Nuevo Testamento, volví a preguntarle por qué, si Jesucristo había dicho que nos amáramos los unos a los otros y perdonáramos las ofensas, él no quería perdonar a mamá. Entonces saltó y me gritó que había sido mamá la que me había mandado que le dijera eso, me echó otra vez a la fuerza y me dijo que no se me ocurriera volver nunca más a su casa. Le dije que la primera que no pensaba volver era yo, y me fui… Y al día siguiente el abuelo se mudó a otra casa…


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