Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Estuve tres días sin ir a ver al abuelo —Nellie reanudó su relato—, y en ese tiempo mamá empeoró. Se nos había acabado el dinero, no teníamos con qué comprar medicinas y ni siquiera teníamos para comer, porque los caseros tampoco disponían de nada y empezaron a quejarse de que vivíamos a sus expensas. Entonces, al tercer día, me levanté por la mañana y empecé a vestirme. Mamá me preguntó adónde iba. Le dije que iba a ver al abuelo, a pedirle dinero, y ella se alegró, porque yo ya le había contado a mamá cómo me había echado de su casa el abuelo, y que no pensaba volver a ir a verle por mucho que ella llorara y tratara de convencerme. Fui a su casa, y allí me enteré de que se había mudado, y fui a buscarle en su nueva dirección. En cuanto me vio llegar a su nueva casa, se levantó de un salto, se me acercó corriendo y empezó a patalear, pero yo le dije en seguida que mamá estaba muy mala y necesitábamos dinero para medicinas, cincuenta kópeks, y no teníamos nada. Él se puso a gritar y me sacó a empujones a las escaleras, y cerró después con pestillo. Pero, mientras me empujaba, le dije que pensaba quedarme sentada en las escaleras, sin moverme, mientras no me diera el dinero. Así que me senté en las escaleras. Al poco tiempo abrió la puerta y se fijó en que yo seguía ahí sentada, y volvió a cerrar. Pasó otro rato largo, y volvió a abrir, volvió a verme allí y volvió a cerrar. Y así muchas veces, abriendo y mirando. Por fin salió con Azorka, cerró la puerta y pasó por mi lado sin decir ni palabra. Tampoco yo dije nada, y me quedé ahí sentada hasta que se hizo de noche.


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