Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Volvió cuando ya había caído la noche y, al entrar, se tropezó conmigo y gritó: «¿Quién hay aquí?». Le respondí: «Soy yo». Seguro que pensaba que ya me habría ido hacía rato y, al verme allí, se quedó muy sorprendido y estuvo mucho tiempo parado delante de mí. De repente dio unos golpes con el bastón en los escalones, siguió para delante a toda prisa, abrió su puerta y al cabo de un minuto me trajo unas monedas de cobre, de cinco kópeks, y me las tiró a las escaleras. «Toma, cógelas; es todo lo que tengo. Y dile a tu madre que la maldigo», me gritó. Y cerró de un portazo. Las monedas rodaron por las escaleras. Empecé a recogerlas a oscuras, pero el abuelo debió de caer en la cuenta de que había arrojado las monedas, y de que a oscuras no había quién las recogiera, porque abrió la puerta y salió con una vela, y a la luz de la vela no tardé en encontrarlas. Y hasta el abuelo me ayudó, y me dijo que en total tenía que haber siete grivny[60], y luego se fue para dentro. Cuando volví a casa, le di el dinero a mamá y le conté todo lo que había pasado, y mamá se puso peor, y yo también estuve mala toda la noche, y me pasé el día siguiente con fiebre, dándole vueltas siempre a lo mismo, y es que estaba enfadada con el abuelo. En cierto momento, estando mamá dormida, salí a la calle y me fui a casa del abuelo. Pero, antes de llegar, me paré en un puente. En ese momento, pasaba ése por allí…