Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Finalmente, concluí el trabajo; arrojé la pluma y me levanté de la mesa, con el pecho y la espalda doloridos y con pesadez en la cabeza. Me daba cuenta de que en esos momentos tenía los nervios completamente alterados, y me parecía estar oyendo las recientes palabras del viejo doctor: «No, no hay salud que resista semejante tensión; ¡es imposible!». Y, sin embargo, ¡de momento había sido posible! La cabeza me daba vueltas y apenas podía tenerme en pie, pero la alegría, una alegría infinita, me llenaba el alma. Mi novela ya estaba terminada, y, aunque le debía bastante dinero, estaba seguro de que mi editor me iba a dar algo, por poco que fuera, viendo el resultado en sus manos. Aunque no fueran más que cincuenta rublos. Y hacía mucho tiempo que no tenía yo tanto dinero en el bolsillo. ¡Libertad y dinero! Cogí el sombrero, entusiasmado, y con el manuscrito bajo el brazo me lancé a la carrera, con la esperanza de encontrar en casa a nuestro queridísimo Aleksandr Petróvich.