Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Últimos recuerdos
Mediados de junio. Un día caluroso y sofocante; no hay quien pare en la ciudad: el polvo, la cal, las obras, la piedra recalentada, el aire viciado por los efluvios… Pero ¡oh alegría!, de pronto se oye un trueno; el cielo se va cubriendo poco a poco; se levanta el viento, arrastrando las nubes de polvo ciudadano. Algunas gotas gruesas caen con fuerza al suelo, y después todo el cielo parece venirse abajo y verdaderos ríos de agua se vierten sobre la ciudad. Media hora más tarde, cuando de nuevo brillaba el sol, abrí la ventana de mi buhardilla y con ansiedad, con el pecho fatigado, pude respirar aire fresco. Extasiado, poco me faltó en ese momento para arrojar la pluma, olvidarme de todos mis trabajos, y hasta de mi editor, y salir corriendo a reunirme con los míos a la isla Vasílievski. Pero, aunque la tentación fue muy poderosa, conseguí sobreponerme y volver, no sin rabia, a mis papeles: ¡había que acabar a toda costa! Órdenes del editor: de otro modo, no estaba dispuesto a soltar el dinero. Sabía que allí me estaban esperando; de todas maneras, esa misma noche estaría libre, completamente libre, como el viento, y podría tomarme la revancha por aquellos dos últimos días y aquellas dos noches, tiempo en el que había escrito tres cuadernillos y medio.
