Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Vania! ¡Vania! —dijo Natasha con voz débil, liberando una mano del abrazo de su padre y tendiéndola hacia mí.

¡Ah! ¡Jamás olvidaré que en ese momento se acordó de mí y me llamó!

—¿Dónde está Nellie? —preguntó el viejo, mirando a su alrededor.

—¡Ay! ¿Dónde se habrá metido? —exclamó la anciana—. ¡Mi tesoro! ¡Nos habíamos olvidado de ella!

Pero no estaba en la habitación; sin que nos diéramos cuenta, se había ido al dormitorio. Todos fuimos para allá. Nellie estaba escondida en un rincón, detrás de una puerta, asustada.

—¿Qué te pasa, Nellie, hija mía? —exclamó el anciano, deseoso de abrazarla. Pero ella estuvo mucho tiempo sin apartar la mirada de él…

—¿Mamá? ¿Y mamá? —dijo como en un trance—. ¿Dónde está mi mamá? —volvió a preguntar, tendiéndonos las manos temblorosas, y de pronto un grito pavoroso, un grito aterrador se escapó de su pecho; su rostro se contrajo espasmódicamente y cayó desplomada, víctima de un ataque espantoso…


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