Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Y en los ojos también! ¡Y en los ojos! Como antes, ¿te acuerdas? —repitió el anciano después de fundirse en un prolongado y dulce abrazo con su hija—. ¡Oh, Natasha! ¿Has soñado alguna vez con nosotros? Yo he soñado contigo casi todas las noches, casi todas las noches venías a mí en sueños, y lloraba sobre ti. Una vez soñé contigo tal y como eras de niña. ¿Te acuerdas de cuando sólo tenías diez años y estabas empezando a tocar el piano? Pues soñé que llevabas un vestidito corto y unos zapatitos preciosos, y traías las manos coloradas… Entonces solía tener las manos coloradas, ¿te acuerdas, Ánnushka?… Pues viniste a mí, te pusiste de rodillas y me abrazaste… Y tú… ¡ay, tú, malvada!… ¿cómo has podido pensar que yo había sido capaz de maldecirte y que no te iba a aceptar si venías a mí? Si yo… escucha, Natasha: si yo he ido muchas veces a tu casa, sin que tu madre se enterara, sin que nadie lo supiera; a veces me plantaba debajo de tu ventana, otras veces me quedaba esperando: una vez estuve medio día esperando, en plena calle, cerca de tu portal. ¡Esperando a que salieras para poder mirarte, aunque fuera de lejos! Muchas tardes ardía una vela en tu ventana; cuántas veces me habré acercado a tu casa, Natasha, sólo para contemplar la luz de esa vela, sólo para contemplar tu sombra en la ventana y bendecirte y desearte buenas noches. Y tú ¿me deseabas buenas noches? ¿Pensabas en mí? ¿Oía tu corazón que yo estaba ahí cerca, debajo de tu ventana? Y ¿sabes cuántas veces, en invierno, en plena noche, habré subido las escaleras de tu casa y me habré quedado en tu puerta, a oscuras, con la esperanza de oír tu voz? ¿Te ríes? ¿Maldecirte yo? Pero si anoche mismo estuve en tu casa, dispuesto a perdonarte, y me di la vuelta en la misma puerta… ¡Oh, Natasha! —Se puso de pie, la levantó del asiento y la estrechó con fuerza, con mucha fuerza contra su corazón—. ¡Aquí está de nuevo, junto a mi corazón! —exclamó—. ¡Gracias te doy, Dios mío, por todos tus dones, por tu ira y por tu compasión! ¡Y por tu sol, que acaba de brillar sobre nosotros, después de la tormenta! ¡Por todo este minuto te doy las gracias! ¡Oh! ¡Aunque hayamos sido humillados, aunque hayamos sido ofendidos, otra vez estamos juntos, y ya pueden volver a triunfar los soberbios, los altivos que nos han humillado y nos han ofendido! ¡Que nos arrojen piedras! No tengas miedo, Natasha… Iremos de la mano, y yo les diré: «¡Ésta es mi querida, mi amada hija, mi hija inocente a la que he ofendido y he humillado, pero a la que amo y bendigo por los siglos de los siglos!».


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