Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Levante, padre! Póngase de pie —decía Natasha—, a mí también me apetece darle un beso…
—¡Ah, querida! ¿La has oído, Ánnushka? ¿La has oído? Qué cosas tan bonitas dice. —Y la abrazó convulsivamente—. No, Natasha, tengo que quedarme aquí, a tus pies, hasta que mi corazón te oiga decir que me has perdonado, porque yo nunca, nunca, voy a poder ganarme tu perdón. Renegué de ti, te maldije… ¿Lo estás oyendo, Natasha? ¡Hasta de maldecirte he sido capaz! Y tú, Natasha, ¿cómo pudiste llegar a creer que yo era capaz de maldecirte? Pero lo creíste, vaya si lo creíste. ¡Y no tendrías que haberlo creído! ¡No, no, claro que no! ¡Qué corazón tan duro! ¿Por qué no viniste a mí? ¡Sabías que te habría acogido!… Seguro que recuerdas, Natasha, cómo te quería antes: bueno, pues durante todo este tiempo ¡te he querido dos veces más, te he querido mil veces más que antes! ¡Te quería con toda mi sangre! ¡Me habría arrancado el alma, me habría abierto el corazón y lo habría arrojado a tus pies! ¡Oh, mi alegría!
—Pero ¡béseme de una vez, hombre cruel! ¡Béseme en los labios, béseme en la cara, como hace mamá! —exclamó Natasha con una voz enfermiza, débil, llena de lágrimas dichosas.