Humillados y ofendidos

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Le encontré, aunque ya estaba listo para salir. Él, por su parte, también acababa de rematar, no una obra literaria, sino un negocio muy ventajoso, y, tras despedir a un judío de tez morena con el que se había pasado dos horas encerrado en su despacho, me recibió con un apretón de manos, y con su suave y agradable voz de bajo me preguntó por mi salud. Se trataba de un hombre de muy buen corazón y yo, bromas aparte, estaba en deuda con él. ¿Qué culpa tenía él si, en literatura, no había pasado de editor? Se había dado cuenta de que la literatura necesita editores, y se había dado cuenta a tiempo: honor y gloria —gloria literaria, se entiende— a Aleksandr Petróvich.

Acogió con una sonrisa de satisfacción la noticia de que la novela ya estaba terminada y, en consecuencia, no habría problemas con la sección principal del número siguiente de la revista. Se declaró sorprendido por el hecho de que yo hubiera sido capaz de acabar algo, lo que fuera, e hizo un chiste muy gracioso al respecto. Después se dirigió a la caja fuerte para darme los cincuenta rublos prometidos, y entre tanto me tendió una revista de la competencia, bastante gruesa, donde me indicó algunas líneas en la sección de crítica. En ellas se decían un par de cosas sobre mi última novela.


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