Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Le eché un vistazo: el artículo lo firmaba «Un copista[62]». La verdad es que ni se metía conmigo ni me elogiaba, y a mí me pareció bien. Pero el «copista» decía, entre otras cosas, que mis trabajos «huelen a sudor»; vamos, que sudaba al escribirlos, que me afanaba en exceso, escribiéndolos y rescribiéndolos tanto que acababan empalagando.
Mi editor y yo soltamos una carcajada. Le comenté que mi anterior narración la había escrito en dos noches, y que acababa de redactar tres cuadernillos y medio en dos días y dos noches: ¡si se hubiera llegado a enterar ese «copista» que me criticaba por ser excesivamente premioso y por la penosa lentitud de mi trabajo!
—Aunque la culpa es suya, Iván Petróvich. ¿Cómo es que se retrasa usted tanto que luego no tiene más remedio que trabajar por las noches?
Aleksandr Petróvich era, sin duda alguna, un hombre encantador, aunque tenía una particular debilidad: le gustaba alardear de su criterio literario justo en presencia de aquellas personas que, como él mismo sospechaba, más calado le tenían. No obstante, como no me apetecía discutir con él de literatura, me limité a recibir el dinero y coger el sombrero. Aleksandr Petróvich se marchaba a su dacha, en las islas y, al enterarse de que yo iba a Vasílievski, se ofreció amablemente a llevarme en su coche.