Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Tengo un coche nuevo; ¿no lo ha visto? Es una maravilla.
Bajamos a la calle. El coche, efectivamente, era una preciosidad, y en los primeros días que siguieron a su adquisición Aleksandr Petróvich experimentaba un extraordinario placer y hasta cierta necesidad espiritual de pasear en él a los conocidos.
Una vez en el coche, Aleksandr Petróvich volvió a entregarse en varios momentos a los comentarios sobre literatura contemporánea. Conmigo se sentía a sus anchas, y me repitió con toda tranquilidad una serie de ideas ajenas que había oído recientemente en boca de alguno de los literatos en los que confiaba y cuyas opiniones respetaba. La verdad es que a veces le daba por respetar unas cosas asombrosas. También podía ocurrir que malinterpretase alguna opinión ajena o que la sacase a colación sin venir a cuento, con un resultado grotesco. Yo le iba escuchando en silencio, sorprendido por la diversidad y extravagancia de las pasiones humanas. «Hay que ver este hombre —pensaba yo—, podría haber hecho una verdadera fortuna; pero no, ¡también necesita la gloria, la gloria literaria, la gloria del editor reputado, del crítico!»