Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pronto me cansé de escucharle. Aleksandr Petróvich me dejó en la isla Vasílievski y fui corriendo a ver a los míos. Cuando me quise dar cuenta, ya estaba en la Decimotercera Línea, justo delante de su casita. Al verme, Anna Andréievna, me amenazó con el dedo, hizo un gesto con la mano y me chistó para que no hiciese ruido.
—Nellie se acaba de dormir. ¡Pobrecilla! —se apresuró a susurrarme—. ¡No vaya a despertarla, por el amor de Dios! Esa criaturita está tan débil. Estamos muy preocupados por ella. El doctor dice que, de momento, no es grave. Pero ¡cualquiera le saca nada a ese bendito doctor suyo! ¿Le parece bonito, Iván Petróvich? Le esperábamos a comer… ¡Dos días enteros sin verle!
—Pero si se lo dije, hace tres días, que no iba a poder venir —le susurré a Anna Andréievna—. Tenía que acabar el trabajo…