Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Pero ¡prometió venir hoy a comer! ¿Por qué no ha venido? Nellie se levantó de la cama a propósito, angelito mío; la sentamos en su silla y la llevamos así a la mesa: «Quiero que esperemos todos juntos a Vania», decía. Y nuestro Vania sin venir. ¡Ya son casi las seis! ¿Dónde se había metido? Pero ¡qué descastado es usted! Se ha puesto tan nerviosa, por su culpa, que yo ya no sabía qué hacer para calmarla… Menos mal que se ha dormido, ¡pobre criatura! Y encima Nikolái Sergueich ha ido a la ciudad; ¡volverá para el té! Y yo aquí sola no paro de devanarme los sesos… Parece que le ha salido un trabajo, Iván Petróvich; pero, cada vez que pienso que es en Perm, me quedo helada…

—Y ¿dónde está Natasha?

—¡En el jardín, mi palomita, en el jardín! Vaya a verla… Algo le pasa a esa hija mía… No me hago una idea… ¡Ay, Iván Petróvich, qué preocupación! Ella me tranquiliza, me dice que está contenta, que todo va bien, pero yo no me acabo de fiar… Ande, vaya a verla, Vania, y luego me dice al oído lo que le pasa… ¿Me oye?




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