Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pero yo ya no escuchaba a Anna Andréievna, sino que me marché corriendo al jardÃn. El jardincito formaba parte de la casa; medÃa unos veinticinco pasos de largo y otros tantos de ancho, y estaba lleno de plantas. HabÃa tres viejos árboles, altos y frondosos, algunos abedules jóvenes y unos cuantos arbustos de lila y madreselva; en un rinconcillo cultivaban frambuesas, habÃa dos bancales con fresas y dos senderos sinuosos y estrechos que recorrÃan y cruzaban el recinto. El viejo aseguraba entusiasmado que pronto en ellos saldrÃan setas. Pero lo más importante era que Nellie adoraba ese jardÃn y que a menudo la sacaban en su silla y la llevaban allÃ. Y Nellie era el Ãdolo de la casa. Allà estaba Natasha: me recibió muy contenta, tendiéndome la mano. ¡Qué delgada estaba! ¡Qué pálida! Ella también acababa de salir de una enfermedad.
—¿Ya has acabado del todo, Vania? —me preguntó.
—¡Del todo, del todo! Tengo toda la tarde libre.
—Bueno, ¡gracias a Dios! ¿Te has dado mucha prisa? ¿La has estropeado?