Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Qué le vamos a hacer! Pero no pasa nada. Cuando trabajo sometido a esa tensión, alcanzo una especial excitación nerviosa; pienso con más claridad, mis sentimientos son más vivos y profundos, y hasta controlo mejor el estilo; así que, cuando trabajo bajo presión, las cosas me salen mejor. Todo va bien.

—¡Ay, Vania, Vania!

Me había dado cuenta de que Natasha, en los últimos tiempos, estaba muy pendiente de mis éxitos literarios, de mi fama. Se había leído a fondo todo lo que había publicado ese año, continuamente me estaba preguntando por mis planes, estaba atenta a todas las críticas que se escribían sobre mí, algunas de las cuales la sacaban de quicio, y estaba empeñada en que llegara muy alto en literatura. Sus deseos se manifestaban de un modo tan fuerte e insistente que a mí me sorprendía la actitud que había adoptado recientemente.

—Te vas a quedar seco de tanto escribir, Vania —me dijo—; te vas a agotar, se te van a acabar las ideas; y, aparte de eso, te vas a arruinar la salud. Mira a S., que en dos años sólo ha escrito dos obras, o a N., que sólo ha escrito una novela en diez años. Pero ¡qué obras tan bien trabajadas, tan perfectas! No hay en ellas el menor descuido.


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