Humillados y ofendidos

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Nos tenía a todos muy preocupados. De forma tácita, sin necesidad de decir nada, se había decidido que se quedaría indefinidamente en casa de Nikolái Sergueich, pero entre tanto el momento de la partida se iba acercando y su salud no hacía más que empeorar. Había caído enferma el mismo día en que nos presentamos, ella y yo, en casa de los ancianos, el día en que éstos se reconciliaron con Natasha. Pero ¿qué digo? Nellie siempre había estado enferma. La enfermedad llevaba mucho tiempo desarrollándose paulatinamente en su organismo, pero en los últimos tiempos se había agravado con una celeridad extraordinaria. Yo no entiendo de eso, y no sería capaz de definir con exactitud la naturaleza de su enfermedad. Indudablemente, los ataques se repetían con una frecuencia creciente; pero lo peor de todo era la extenuación, la absoluta falta de fuerzas, el continuo estado de fiebre y tensión que había acabado en los últimos días por obligarla a guardar cama. Lo curioso era que, a medida que la enfermedad la había ido rindiendo, Nellie se había ido volviendo más dulce, más cariñosa, más abierta. Tres días antes me había cogido la mano al pasar junto a su lecho y me había atraído hacia sí. No había nadie en la habitación. La cara le ardía (estaba flaquísima), los ojos despedían fuego. Se pegó a mí de forma convulsiva y, cuando me incliné hacia ella, me agarró del cuello con sus frágiles manos morenas y me besó con fuerza, y a continuación pidió con insistencia que acudiera Natasha. Fui a llamarla; Nellie se empeñó en que Natasha se sentara a su lado en la cama y se quedó mirándola…


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