Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —SÃ, claro que me gustan —respondió Nellie—; me acuerdo de una vez que le preparamos a mamá un recibimiento a base de flores. Cuando todavÃa vivÃamos allá —«allá» querÃa decir «en el extranjero»—, en cierta ocasión mamá se pasó enferma un mes entero. Heinrich y yo nos pusimos de acuerdo en que, cuando mamá se levantara de la cama y saliera por primera vez del dormitorio, de donde llevaba un mes sin salir, adornarÃamos con flores toda la casa. Y asà lo hicimos. Mamá llevaba diciendo desde la vÃspera que al dÃa siguiente pensaba levantarse sin falta y acompañarnos en el desayuno. Nos levantamos muy, muy temprano. Heinrich habÃa traÃdo montones de flores y lo llenamos todo de hojas verdes y guirnaldas. HabÃa hiedra y unas hojas muy anchas (no sé cómo se llaman), y luego esas otras hojas que se agarran por todas partes, y unas flores blancas muy grandes; también habÃa narcisos, que son mis flores preferidas, y habÃa rosas, unas rosas maravillosas, y habÃa montones de flores. Hicimos con ellas guirnaldas, y también las pusimos en macetas, y habÃa unas flores que parecÃan árboles, metidas en grandes tinajas; pusimos flores por todos los rincones, y también junto al sillón de mamá, y, cuando mamá salió de su cuarto, se sorprendió mucho y se quedó encantada, y Heinrich estaba muy contento… Ahora lo recuerdo…