Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Maslobóiev, por cierto, venía casi a diario. Ya he dicho que todos, pero sobre todo Anna Andréievna, le tenían mucho aprecio, pero nunca se decía allí una palabra sobre Aleksandra Semiónovna; el primero que no la mencionaba era Maslobóiev. Anna Andréievna, enterada por mí de que Aleksandra Semiónovna aún no había podido convertirse en su legítima esposa, había decidido por su cuenta que no sólo no era posible recibirla, sino ni tan siquiera hablar de ella en su casa. Aquella decisión, tan característica de Anna Andréievna, se venía respetando. El caso es que, de no haber estado Natasha con ella y, sobre todo, de no haber pasado lo que había pasado, seguramente no sería la buena anciana tan escrupulosa.
Nellie estaba especialmente triste aquella tarde, e incluso parecía preocupada. Como si hubiera tenido un mal sueño y estuviera dándole vueltas. Pero el regalo de Maslobóiev la puso muy contenta, y se recreaba en la contemplación de las flores, que habían colocado en un vaso, delante de ella.
—Así que te gustan mucho las flores, ¿verdad, Nellie? —le dijo el viejo—. Pues ¡prepárate! —añadió animado—. Mañana mismo… bueno, ¡ya lo verás!