Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Nellie? Pues… claro, la pobrecilla no está bien, pero seguro que para entonces ya se ha puesto buena. Ya va estando mejor; ¿no te parece, Vania? —dijo, un tanto asustado, y me miró preocupado, como si yo tuviera la obligación de resolver sus dudas—. ¿Cómo está? ¿Qué tal ha dormido? ¿Le ha pasado algo? ¿Está despierta? ¿Sabes lo que te digo, Anna Andréievna? Vamos a sacar la mesita a la terraza, traemos el samovar y, cuando vengan todos, nos instalamos ahÃ. Y que Nellie salga también… Verás qué bien va a estar. Entonces, ¿ya se ha despertado? Voy a verla. Sólo voy a asomarme… No pienso despertarla, ¡tranquila! —aseguró, viendo que Anna Andréievna volvÃa a hacerle gestos con las manos.
Pero Nellie ya estaba despierta. Un cuarto de hora más tarde, como de costumbre, ya estábamos sentados alrededor de la mesa, disfrutando del samovar de la tarde.
Trajimos a Nellie en su silla. Vino el doctor, vino también Maslobóiev. Le traÃa a Nellie un gran ramo de lilas. Pero se le veÃa preocupado y malhumorado.