Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pero Nellie, finalmente, se sintió mal, y la llevamos dentro. El viejo se quedó muy preocupado, y disgustado por haber permitido que hablara tanto rato. Había sufrido una especie de ataque, tenía el pulso muy débil. No era la primera vez que le ocurría. Una vez recuperada, Nellie pidió insistentemente que fuera a verla. Necesitaba decirme algo a solas. Tanto insistió que hasta el doctor accedió, por esta vez, a satisfacer sus deseos, y todos los demás salieron de la habitación.
—Mira, Vania —dijo Nellie cuando nos quedamos a solas—, yo sé que están convencidos de que me voy a ir con ellos; pero no voy a ir, me es imposible; así que de momento me voy a quedar contigo. Eso es lo que te quería decir…
Traté de disuadirla; empecé a decirle que los Ijménev la querían tanto que para ellos era ya como una hija. Que se pondrían muy tristes si no iba con ellos. Y que conmigo, por el contrario, se le haría muy difícil vivir, de modo que, aunque yo la quería muchísimo, no había otro remedio: teníamos que separarnos.
—¡No, no puede ser! —replicó testaruda—. Yo sueño muchas veces con mamá, y ella me dice que no me vaya con ellos, que me quede aquí; me dice que me he portado muy mal dejando solo al abuelo, y no para de llorar mientras me dice eso. Quiero quedarme aquí y cuidar del abuelo, Vania.