Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Pero si tu abuelo ya murió, Nellie —dije, asombrado de lo que acababa de oír.

Se quedó pensativa, mirándome fijamente.

—Vania, cuéntame otra vez cómo murió el abuelo —me dijo—. Cuéntamelo todo, sin olvidarte de un solo detalle.

Me quedé desconcertado al oír su petición; no obstante, empecé a contárselo con todo detalle. Me dio la sensación de que Nellie estaba delirando o, como mínimo, de que después del ataque no tenía muy claras las ideas.

Escuchó atentamente mi relato, y me acuerdo del brillo febril, enfermizo, de sus ojos negros, que no se apartaron de mí un solo instante. La habitación, entre tanto, se había ido quedando a oscuras.

—¡No, Vania, no está muerto! —aseguró muy decidida, después de escuchar toda mi historia y de volver a meditar—. Mamá me habla a menudo del abuelo, y ayer se enfadó mucho cuando le dije: «Pero si el abuelo ha muerto». Se echó a llorar y me dijo que no podía ser, que me habían dicho eso para engañarme, que ahora se dedica a ir por las calles pidiendo limosna. «Igual que hacíamos antes tú y yo —me decía mamá—, y suele estar en el mismo sitio donde nos lo encontramos la primera vez, cuando yo me arrojé a sus pies y Azorka me reconoció…»


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