Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Yo también pensaba que no era más que un sueño —dijo Nellie—, y no se lo había dicho a nadie. Pero hoy, cuando me quedé dormida después de ver que no venías, también he visto en sueños al abuelo. Estaba en su casa esperándome, daba miedo verle de lo flaco que estaba y me dijo que llevaba dos días sin probar bocado, lo mismo que Azorka. Estaba muy enfadado conmigo y no hacía más que regañarme. También me dijo que no tenía rapé, y que sin su tabaco no podía vivir. Lo cierto, Vania, es que ya me había dicho eso mismo en otra ocasión, una vez que fui a verle después de la muerte de mamá. Entonces estaba muy enfermo y no se enteraba de casi nada. De modo que hoy, nada más oírle esas palabras, he pensado: «Tengo que ir y ponerme en el puente a pedir limosna; con lo que saque le compraré un poco de pan, unas patatas cocidas y tabaco». Total, que me fui para allá, y mientras estaba pidiendo vi al abuelo que pasaba por allí cerca; entonces se paró, vino hacia mí, miró lo que había sacado y se lo guardó. «Esto es para pan —me dice—, ahora tienes que sacar para tabaco». Yo seguí pidiendo, y él volvió a acercarse y se quedó con lo que había. Le dije que, de todos modos, pensaba dárselo, que no iba a sisarle nada. «No —me dice—, tú me robas; la Búbnova me ha dicho que eres una ladrona, por eso no pienso llevarte nunca a vivir conmigo. ¿Dónde está ese piatak que falta?» Yo me eché a llorar al ver que no me creía, pero él no me hacía caso y no paraba de gritarme: «¡Me has robado un piatak!». Y se puso a pegarme, allí mismo, en el puente, y me pegaba fuerte. Yo lloraba mucho… Por eso he pensado luego que tiene que estar vivo, y andará por ahí, esperando a que yo vaya a buscarle…


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