Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Empecé otra vez a disuadirla y a tratar de convencerla, hasta que, finalmente, pareció quedarse conforme. Me contestó que le daba miedo dormirse, porque iba a soñar con el abuelo. Por fin me abrazó con fuerza…
—Pero, de todos modos, ¡yo no puedo dejarte, Vania! —me dijo, apretando su rostro contra el mÃo—. Aunque no esté el abuelo, yo no quiero separarme de ti.
En la casa todo el mundo estaba asustado por el ataque de Nellie. Yo le comenté discretamente al doctor qué clase de sueños habÃa tenido la niña y le pedà que me dijera, con claridad, qué pensaba de su enfermedad.
—TodavÃa no hay nada seguro —contestó pensativo—. Por ahora, todo son conjeturas, suposiciones, basadas en mis observaciones, pero… no hay nada seguro. En principio, es imposible que salga adelante. Se va a morir. Yo a ellos no les he dicho nada, porque usted me lo ha pedido, pero me da mucha pena, y me gustarÃa consultarlo mañana mismo. Es posible que la enfermedad tome otro curso después de esa consulta. Pero a mà me da mucha pena la chiquilla, la quiero como a una hija… ¡Es una niña tan simpática! ¡Y tan juguetona!
Nikolái Sergueich estaba especialmente agitado.