Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Mira, Vania, se me ha ocurrido una cosa —me dijo—; a ella le gustan mucho las flores. Pues ¿sabes lo que podrÃamos hacer? Mañana, cuando se despierte, podrÃamos darle una sorpresa, llenándolo todo de flores, como hizo con ese Heinrich para su madre, como nos ha contado hace un rato… Lo contaba con tanta emoción…
—Pues sÃ, con mucha emoción —contesté—. Pero ahora mismo no está para grandes emociones…
—SÃ, pero las emociones agradables ya son otra cosa. Hazme caso, querido amigo, confÃa en mi experiencia; las emociones agradables no hacen ningún daño, pueden curar incluso, contribuir a la salud…
En definitiva, el viejo estaba encantado con su idea, completamente extasiado. No habÃa forma de disuadirle. Se lo consulté al doctor, pero, antes de que éste tuviera tiempo de pensárselo, el viejo ya habÃa cogido su gorra y habÃa salido corriendo a ocuparse de los preparativos.