Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Verás, es que aquí cerca —me dijo al salir— hay un invernadero, uno estupendo. Los jardineros venden flores, es fácil conseguirlas, ¡y muy baratas! ¡No te puedes imaginar qué baratas! Déjaselo claro a Anna Andréievna, no vaya a enfadarse por el dispendio… Bueno, pues eso… ¡Ah, sí! Otra cosa, amigo: ¿tienes que ir ahora algún sitio? Ya estás libre, ya has acabado el trabajo, ¿qué necesidad tienes de irte en seguida a casa? Quédate esta noche con nosotros, puedes dormir arriba, en la buhardilla; acuérdate, donde solías dormir. Ahí tienes tu cama y tu colchón: todo sigue en el mismo sitio de siempre y nadie ha tocado nada. Vas a dormir como un rey de Francia. ¿Eh? Venga, quédate. Mañana nos levantamos temprano, nos traen las flores y a eso de las ocho adornamos todo el cuarto. Y Natasha nos ayuda: ella tiene más gusto que nosotros dos juntos… ¿Qué? ¿Estás de acuerdo? ¿Te quedas?

Decidieron que me quedara a pasar la noche. Nikolái Sergueich se ocupó de todo. El doctor y Maslobóiev se despidieron y se marcharon. Los Ijménev se acostaban temprano, a las once. Al salir, Maslobóiev parecía pensativo y quiso decirme algo, pero lo dejó para otra ocasión. Sin embargo, cuando subí a la buhardilla, tras despedirme de los viejos, para mi sorpresa me lo encontré allí. Estaba esperándome, sentado a una mesa, hojeando un libro.


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