Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos «¿Y su padre y su madre?», me dije. Parecía haberse olvidado ya de ellos.
—Entonces, ¿no va a casarse contigo, Natasha?
—Me lo ha prometido, me lo ha prometido todo. Precisamente me ha llamado por eso: para casarnos mañana en secreto, fuera de la ciudad; pero no sabe lo que dice. Probablemente no sepa ni cómo se casa la gente. ¡Menudo marido! Da risa, la verdad. Y, si se casa, será desdichado, empezará a hacerme reproches… No quiero que me reproche nunca nada. Se lo daré todo sin exigirle nada a cambio. Si el matrimonio ha de hacerle infeliz, ¿para qué causarle tal desdicha?
—No son más que fantasías, Natasha —le dije—. ¿Y qué? ¿Vas ahora directamente a su casa?
—No, me ha prometido que iba a venir él aquí a recogerme; en eso hemos quedado…
Y miró ansiosa en la distancia, pero aún no se veía a nadie.
—¡Aún no ha venido! ¡Y has llegado tú la primera! —exclamé indignado. Natasha se tambaleó, como si hubiera recibido un golpe. El rostro se le descompuso de dolor.