Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Tal vez no venga —dijo con una amarga sonrisa—. Anteayer me escribió diciendo que, si no le daba mi palabra de que iba a venir, no tendrÃa más remedio que posponer su decisión de marcharse de casa y casarse conmigo, y que su padre le llevarÃa a visitar a su novia. Y lo escribÃa con toda sencillez, con toda naturalidad, como si le diera igual… ¿Y si, en efecto, hubiera ido a verla?
No respondÃ. Me apretó con fuerza la mano, sus ojos centellearon.
—Está con ella —dijo con voz apenas perceptible—. Confiaba en que yo no acudirÃa, para poder ir a su casa y decir después que él estaba en lo cierto, que me habÃa advertido de antemano y que yo no habÃa venido. Se ha cansado de mà y me abandona… ¡Ay, Dios mÃo! ¡Estoy loca! Él mismo me dijo la última vez que estaba cansado de mÃ… Entonces, ¿a qué espero?