Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Tres días antes de su muerte, una maravillosa tarde de verano, me pidió que corriera las cortinas y abriera la ventana de su dormitorio. La ventana daba al jardín; estuvo mirando un buen rato el espeso verdor y la puesta de sol, y de pronto pidió que nos dejaran a solas.

—Vania —dijo con voz apenas audible, pues ya estaba muy débil—, pronto voy a morir. Muy pronto, y quiero pedirte que te acuerdes de mí. Quiero dejarte esto como recuerdo —y me mostró un escapulario bastante grande que le colgaba del pecho, junto con una cruz—. Mamá me lo dejó al morir. Así que, cuando muera, quítame este escapulario, quédatelo y lee lo que pone dentro. Hoy voy a decirles a todos que este escapulario es sólo para ti. Y, cuando leas lo que pone, vete a verle y dile que he muerto, y que no le he perdonado. Dile también que no hace mucho que he leído el Evangelio. Y el Evangelio dice: perdona a todos tus enemigos. Bueno, pues aunque lo he leído, yo a él no le he querido perdonar, porque mamá, antes de morir, cuando aún podía hablar, lo último que dijo fue: «Yo le maldigo». Por eso, yo también le maldigo, no en mi propio nombre, sino en nombre de mamá… Cuéntale también cómo murió mamá y cómo me quedé sola en casa de la Búbnova; cuéntale cómo me viste allí; todo, cuéntaselo todo, y no te olvides de decirle que yo prefería estar con la Búbnova antes que ir a buscarle…


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