Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Murió a las dos semanas. En esas dos semanas de agonía no pudo en ningún momento recobrar plenamente la conciencia ni librarse de sus extrañas fantasías. Parecía muy confusa. Hasta la hora de su muerte estuvo firmemente convencida de que su abuelo la estaba llamando, y estaba enfadado con ella porque no le obedecía; daba golpes en el suelo con el bastón, metiéndole prisa, y le mandaba ir a pedir limosna, para tener con qué comprar pan y tabaco. A menudo, empezaba a llorar en sueños, y al despertarse nos contaba que había soñado con su madre.

Sólo muy de vez en cuando parecía recuperar el juicio. En cierta ocasión nos quedamos los dos a solas: ella se volvió hacia mí y agarró mi mano con su débil manecita, que le ardía por la fiebre.

—Vania —me dijo—, cuando yo me muera, ¡cásate con Natasha!

Al parecer, no se quitaba esa idea de la cabeza desde hacía mucho. Yo le sonreí en silencio. Viendo mi sonrisa, ella también sonrió; con aire juguetón, me amenazó con su dedo delgado y en seguida empezó a besarme.



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