Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Me abrazó con mucha fuerza, por última vez. Entraron todos los nuestros. El anciano Ijménev era incapaz de darse cuenta de que se estaba muriendo; no podía admitir la idea. Hasta el último momento discutió con todos los demás, asegurando que iba a salir adelante. La ansiedad le había dejado en los huesos, se pasaba los días y las noches sentado junto a la cama de Nellie. Las últimas noches no durmió un minuto. Procuraba anticiparse al mínimo capricho, al mínimo deseo de Nellie, y, cada vez que salía de su cuarto, lloraba amargamente, pero un minuto más tarde recuperaba la esperanza e intentaba convencernos de que se iba a poner bien. Le llenaba el cuarto de flores. Un día le compró un ramo enorme de unas rosas maravillosas, blancas y rojas: tuvo que ir muy lejos a buscarlas para traérselas a su Néllichka… Todo eso a ella la excitaba mucho. No podía dejar de responder de todo corazón a tanto amor como la rodeaba. Aquella tarde, la tarde de nuestra despedida, el anciano se resistía a decirle adiós para siempre. Nellie le sonreía y se pasó toda la tarde procurando parecer alegre; bromeó con él, incluso se rió… Cuando nos retiramos, estábamos casi esperanzados, pero a la mañana siguiente Nellie ya no podía ni hablar. Murió dos días después.