Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Me acuerdo del anciano engalanando su ataúd con flores, mientras contemplaba desesperado su carita demacrada, con aquella sonrisa muerta, y sus manos cruzadas sobre el pecho. Lloró sobre ella como si se tratara de su propia hija. Natasha, yo y todos los demás tratábamos de consolarle, pero nada podía consolarle y, después del entierro de Nellie, cayó gravemente enfermo.
La propia Anna Andréievna me entregó el escapulario, después de retirarlo del pecho de Nellie. En el escapulario, había una carta de la madre de Nellie, dirigida al príncipe. La leí el mismo día de la muerte de la niña. Le expresaba su maldición al príncipe; le decía que no podía perdonarle, le describía la última etapa de su vida y todos los horrores que esperaban a Nellie, y le rogaba que hiciera algo, lo que fuera, por la pequeña. «Esta criatura es suya —decía la carta—; esta niña es su hija, y usted sabe muy bien que verdaderamente es hija suya. Le he encomendado que, cuando yo muera, vaya a entregarle esta carta. Si usted no la repudia, puede que yo le perdone en la otra vida, y el día del juicio estaré delante del trono divino, implorando al Juez que le perdone sus pecados. Nellie conoce el contenido de esta carta; yo se la he leído; se lo he explicado todo, está enterada de todo, de todo…»
Pero Nellie no cumplió aquella orden: estaba enterada de todo, pero no quiso acudir al príncipe y murió sin haberle dado su perdón.