Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Ya desde por la mañana me había sentido indispuesto, y para cuando se puso el sol me encontraba muy mal incluso: empezaba a notar cierta sensación de fiebre. Además, no había parado en todo el día y estaba cansado. Al caer la tarde, justo cuando empezaba a oscurecer, me hallaba en la avenida Voznesenski. Me encanta el sol de marzo en San Petersburgo, sobre todo al ponerse y especialmente en un atardecer claro y frío. Toda la calle de pronto resplandece, inundada por una radiante luz. Todas las casas parecen fulgurar de repente. Sus colores grises, amarillos y verduzcos pierden por un instante todo su aspecto sombrío; es como si a uno se le iluminara el alma, como si uno se estremeciera o alguien le hubiera empujado con el codo. Una nueva mirada, un nuevo pensamiento… ¡Es asombroso lo que puede hacer un rayo de sol en el alma de un hombre!
Pero el rayo de sol se extinguió; el frío arreciaba y comenzaban a sentirse sus efectos; la oscuridad se hacía más densa; las lámparas de gas se encendieron en almacenes y tiendas. Al pasar frente a la confitería de Müller, me quedé de pronto como clavado en el suelo y me puse a mirar al otro lado de la calle, como si presintiera que en ese momento iba a sucederme algo extraordinario, y en ese preciso instante vi en la acera de enfrente a aquel anciano con su perro. Recuerdo muy bien cómo se me encogió el corazón con una sensación desagradable, cuya naturaleza no era capaz de determinar.