Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Yo le escudriñaba ávidamente, aunque antes ya le había visto muchas veces; miraba sus ojos, como si su mirada pudiera disipar todas mis dudas, como si pudiera aclararme de qué manera aquel chiquillo había podido fascinarla y despertar en ella un amor tan insensato, un amor que le hacía olvidar su deber más elemental y sacrificar irreflexivamente todo lo que para Natasha había sido lo más sagrado hasta entonces. El príncipe me cogió ambas manos, las apretó con fuerza, y su mirada, dulce y serena, me llegó al corazón.