Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Me di cuenta de que había podido formarme una idea equivocada de él por el mero hecho de ser mi rival. No, yo no le tenía ningún afecto y confieso que nunca pude tenérselo; y en esto era quizá el único entre todos los que le conocían. Tenía muchas cosas que me desagradaban terriblemente, incluso su aspecto delicado, tal vez precisamente por parecerme demasiado delicado. Más tarde comprendí que también a este respecto le había juzgado con parcialidad. Era alto, esbelto, delgado; tenía el rostro alargado, siempre pálido, el cabello rubio y unos grandes ojos azules, dulces y meditabundos, en los cuales de vez en cuando brillaban súbitos destellos de la alegría más inocente e infantil. Sus pequeños pero carnosos labios bermejos, perfectamente dibujados, exhibían casi siempre un gesto serio, por lo que resultaba más inesperada y cautivadora la repentina aparición en ellos de una sonrisa, tan ingenua y cándida que uno, al verle, sentía la inmediata necesidad de corresponderle igualmente con una sonrisa, cualquiera que fuese el estado de ánimo en que se encontrara. Vestía sin afectación, pero siempre con elegancia; se apreciaba hasta en los menores detalles que esta elegancia no le suponía el más mínimo esfuerzo, que le era innata. Bien es cierto que también tenía algunos malos hábitos, algunas costumbres lamentables, consideradas de buen tono: frivolidad, engreimiento y una gentil impertinencia. Pero era demasiado franco y sencillo, y él era el primero en reconocer tales hábitos, confesarlos y reírse de ellos. Me daba la impresión de que ese chiquillo nunca sería capaz de mentir, ni siquiera en broma, y, de llegar a hacerlo, realmente no vería en ello nada malo. Incluso su egoísmo resultaba en cierto modo encantador, precisamente porque no trataba de esconderlo, de disimularlo. No había en él nada oculto. Era débil, crédulo y tímido de corazón; carecía por completo de voluntad. Ofenderle, engañarle, habría sido un pecado y una lástima, como sería hacerlo con un niño. Era muy ingenuo para su edad y apenas comprendía nada de la vida real; y a buen seguro que cuando cumpliera los cuarenta años seguiría sin saber nada de ella. Ese tipo de personas parecen condenadas a una eterna minoría de edad. Creo que nadie podría dejar de quererle; como un niño, se gana a todo el mundo con su actitud zalamera. Natasha me había dicho la verdad: podría cometer una mala acción arrastrado por una irresistible influencia, pero, al conocer las consecuencias de su tal acción, moriría, creo yo, de remordimiento. Natasha percibía instintivamente que sería su ama y señora, y que él sería, incluso, su víctima. Saboreaba de antemano el placer de amar con locura y torturar hasta el martirio a aquél a quien amaba, precisamente porque le amaba, y quizá por eso se había apresurado a ser la primera en sacrificarse. Pero en los ojos de Aliosha brillaba asimismo el amor, y la contemplaba extasiado. Ella me dirigió una mirada triunfal. En aquel instante se olvidó de todo: de los padres, de la despedida y de las sospechas… era dichosa.


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