Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Vania! —exclamó—. He sido injusta con él y no le merezco. CreÃa que ya no ibas a venir, Aliosha. Olvida mis malos pensamientos, Vania. ¡Ya lo repararé! —añadió mirándole con infinito amor. Él sonrió, le besó la mano y, sin soltársela, dijo dirigiéndose a mÃ:
—No me culpe usted. ¡Hace mucho que deseaba abrazarle como a un hermano! ¡Natasha ha hablado tanto de usted! Hasta ahora apenas hemos tenido trato y, en cierto modo, no nos hemos entendido muy bien. Seamos amigos y… perdónenos —añadió a media voz, algo ruborizado, pero con una sonrisa tan encantadora que no pude por menos que responder de todo corazón a su saludo.