Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Sí, sí, Aliosha —dijo Natasha—, es de los nuestros, es nuestro hermano, ya nos ha perdonado y sin él no podremos ser dichosos. Ya te lo había dicho… ¡Oh, Aliosha, qué crueles somos! Pero viviremos los tres juntos… ¡Vania! —prosiguió, con un temblor en los labios—. Vuelve ahora a casa con ellos. Como tienes un corazón de oro, aunque no me perdonen, al ver que tú sí lo has hecho quizá se ablanden un poco conmigo. Cuéntaselo todo, todo, con palabras que broten de tu corazón; encuentra las palabras precisas… Defiéndeme, sálvame; exponles todas las razones, explícaselo todo tal como tú lo has entendido. ¿Sabes, Vania, que posiblemente yo no habría tomado esta decisión si no te hubieras encontrado hoy conmigo? Eres mi salvación: en seguida deposité en ti todas mis esperanzas, estaba convencida de que serías capaz de comunicárselo de tal modo que al menos pudiera mitigarles el espanto inicial. ¡Ay, Dios mío, Dios mío…! Diles de mi parte, Vania, que sé que ahora no tengo perdón: aunque ellos sean indulgentes, Dios no me perdonará; pero que, si ellos me maldicen, yo, no obstante, seguiré bendiciéndolos y rezaré por ellos toda mi vida. ¡Mi corazón está con ellos! ¡Ah! ¿Por qué no seremos todos felices? ¿Por qué, por qué?… ¡Dios! ¿Qué he hecho yo? —gritó de repente, como si hubiera vuelto en sí, y, temblando toda ella de espanto, se cubrió el rostro con las manos. Aliosha la rodeó con sus brazos y, sin decir nada, la estrechó con fuerza contra su pecho. Hubo un largo silencio.


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