Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Y usted ha sido capaz de exigirle semejante sacrificio! —dije, con una mirada de reproche.
—¡No me culpe! —repitió—. Le aseguro que todas estas desdichas, por terribles que sean, pasarán en un abrir y cerrar de ojos. De eso estoy completamente seguro. Sólo necesitamos firmeza para soportar este momento; eso mismo me ha dicho ella. Usted sabe que la culpa de todo esto la tiene ese orgullo de familia, esas querellas absolutamente innecesarias, ¡esos malditos pleitos! Pero… (y he reflexionado largamente sobre esto, se lo aseguro) todo esto debe acabar. Volveremos todos a reunirnos y entonces seremos tan felices que hasta nuestros padres se reconciliarán al vernos. ¡Quién sabe, a lo mejor precisamente nuestro matrimonio sirve de acicate para su reconciliación! Yo creo que no puede ser de otro modo. ¿Y usted?
—Matrimonio, dice usted. ¿Y cuándo van a casarse? —pregunté mirando a Natasha.