Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Yo le miraba perplejo y afligido. Natasha me imploraba con la mirada que no le juzgase con severidad y que fuera más condescendiente. Ella escuchaba sus planes con una sonrisa triste y, al mismo tiempo, parecÃa admirarle, como se admira a un niño querido y alegre, al escuchar su absurdo, pero gracioso parloteo. Yo le dirigà a la muchacha una mirada de reproche. Ya no aguantaba más aquella situación.
—Pero ¿y su padre? —pregunté—. ¿Está usted seguro de que le va a perdonar?
—Desde luego; ¿qué otra cosa puede hacer? Al principio, claro está, me maldecirá; de eso no me cabe la menor duda. Él es asÃ; asà es de severo conmigo. Probablemente se quejará ante alguien, hará valer, en resumidas cuentas, su autoridad paterna. Pero no será nada serio. Me quiere con locura; se enfadará un poco y acabará por perdonarme. Entonces todos se reconciliarán y seremos todos felices. El padre de ella, también.
—¿Y si no le perdona? ¿Ha pensado usted en ello?